El Arte De Dibujarte

Ella, la de los bloquecitos

Por: Noel Rodriguez

Creo que cuando la gente dice: “Todo tiempo pasado fue mejor”, se refiere- o debería hacerlo- a la infancia. Últimamente, estoy frecuentando niños, algunos porque me visitan y otros porque simplemente están en los lugares a lo que voy. La sencillez con la que viven me causa fascinación, aún así, siento pena por ellos: están viviendo la mejor etapa de sus vidas y ni siquiera son conscientes de ello. Qué ironía, ¿no? Me causa impotencia y lo encuentro injusto pero, de un tiempo a esta parte son más las cosas que me parecen injustas que las que están en balance. Supongo que para hablar de eso, hoy no soy parámetro.

Algo adentro mío canta y baila cuando veo una foto de mi infancia. Considero que era, en términos generales, una nena muy dulce y, sobre todo, risueña. No era consciente de nada a mi alrededor, vivíamos en una pobreza importante y nunca lo noté, esa es la magia que me fascina y me causa impotencia a la vez. Fuera de eso, de desconocer la realidad de los adultos, siempre encontraba algún tema de conversación con ese “lo que sea” con quien hablaba y jugaba. Es triste pensar que un día se fue y nunca más lo vi porque el reloj marcó la hora de crecer. Quizás esa sea la primera pérdida inconsciente que vivimos.

Actualmente, creo que soy bastante risueña, de hecho me gusta mucho reír creo que es una gran virtud. Igualmente, confieso que ya no me río como antes o las cosas me afectan más que cuando era chica, si lo pienso me parece lógico pero tampoco creo es justo. Parece que por allá arriba todavía no se ponen de acuerdo entre lo que uno merece con lo que uno termina obteniendo.

El paso del tiempo me afecta, ya nunca voy a volver a ser esa niña que jugaba en la tierra y se reía, ya no voy a tener ese tamaño, ni ese sonido en la risa. Hoy me lleno los pulmones de nicotina, llevo mi cuerpo a situaciones de dolor y tomo decisiones cuyas consecuencias pago caro. Aún así, sé que está ahí adentro, y cuando vamos caminando al trabajo es ella la que sonríe adentro mío- y yo en su reflejo exterior- cuando vemos el sol de la mañana, cuando algún que otro pájaro que decide cantar a nuestro paso o cuando algún otro niño que no la conoce la saluda cuando pasa de la mano de su mamá. Así sé que está ahí, que le encanta cuando la hago escuchar música y cuando corremos la mesita ratona del living para bailar algunas canciones que nos gustan, cuando abrazamos a papá y mamá y les decimos “te amo” o cuando nos sentimos satisfechas y, por qué no, orgullosas de las personas que decidieron formar parte de nuestra vida en calidad de amigos, a quienes ella, según me cuenta, considera “ángeles”.

Es lindo cuando me dice: “No te preocupes, todavía creo que sos una persona buena y pura”. Pero las noches llegan y le da miedo la oscuridad, porque teme no ver qué hay entre sombras, porque esa nena no soporta las sombras, ni las cosas que se esconden ahí, supongo que si por ella fuera, sería siempre de día y encontraría regocijo en la luz que no tiene sombra. A veces enciendo un fósforo junto a la pared y le muestro que la luz no tiene sombra, que no se preocupe, que todo va a estar bien mientras ella no se apague.

Lamento mucho hacerla llorar por cosas que no entiende. Lamento desilusionarla cuando con mis actos arruino algún amor o amistad. Lamento mucho decepcionarla haciéndole sentir dolor, no lo merece. A veces, cuando le muestro una seguidilla de fotos –desde la infancia hasta hoy- como la que le mostré anoche, riendo en la tierra, y ve esos ojos chinos risueños hasta los ojos más tristes que hayamos visto en un espejo o imagen, trato de explicarle que a veces las cosas en el “mundo de los adultos” no funcionan con la simpleza con la que ella quiere encarar todo pero es difícil que una niña entienda que algunas personas se acercan por algún interés sucio o deshonesto, que no todos quieren mirarla a ella, sino a como luce por fuera. No lo entiende y acepto que no lo haga. Sé que está desanimada pero se despierta conmigo, ve el sol, y empieza a juntar pedacitos, trata de unirlos como a los bloquecitos con los que jugaba. Me dice que no me olvide poner una canción linda y mirar el cielo cuando estamos yendo a trabajar y agradecida le digo que gracias por tener ganas siempre. Por no ser una cobarde y que de noche, siempre le voy a dejar una luz prendida para que no tenga miedo y que vamos a escuchar alguna canción que nos guste mirando las estrellas, como cada noche, para que recuerde que la sensibilidad es lo último que tiene que perder, porque si la pierde, nos deshumanizamos y no quiero que le pase nunca.

Quisiera cambiar roles con ella, que salga ella al exterior y que yo, con lo poco o mucho que he aprendido, le advierta sobre algunas situaciones que vivirá más adelante. No obstante, mi papá, cuando charlaban por horas, siempre le decía de pequeña: “Es como si fueras una mujer grande en el cuerpo de una niña” y nos tranquilizaba diciendo que iban a volver, que sólo iban a trabajar, que cuando el reloj marcara las 14 iban a volver y quizás él más tarde, que durmiera en paz y le daba un beso en la frente. Era el cielo.

Papá y mamá siempre cumplían y regresaban a casa, aunque algún día, el reloj va a marcar la hora en la que ya no van a regresar. Cuando apenas lo pienso, empieza a llorar, y me abraza tan fuerte el alma que me llega a doler, pero lo va a tener que entender, voy a hacer lo posible para que lo haga. Las horas, como dice Spinetta, bajan y el día es vidrio sin sol y la noche le oculta la voz.

Aunque no me haga caso, la mando a dormir temprano y le digo que me escuche porque sólo en sueños nadie nos puede alcanzar, podemos jugar en un espacio que es sólo nuestro, donde las palabras no lastiman ni los abrazos rompen. Donde no hay despedidas, miradas de desprecio, ni lágrimas de fuego. Trato siempre de convencerla de ir a la cama juntas, pero no le cuento que cuando no viene a dormir conmigo, se meten en nuestro mundo monstruos que me asustan, conversaciones que nunca se van a dar, momentos que nunca vamos a concretar y, por supuesto, personas que nos quieren lastimar o que nos siguen lastimando aún en esa sala infinita que es sólo nuestra y se supone, nadie debería entrar. No le cuento eso, prefiero que venga conmigo cuando ella lo desee, no la quiero obligar. Al fin y al cabo, ya la he obligado a mucho estos años, si quiere, puede soñar por su lado, sé que al día siguiente, soñolienta, va a refregarse los ojos y decirme al oído qué canción deberíamos escuchar esa mañana camino al trabajo y sonríe, y duele, pero siempre sonríe y yo la amo por eso: por su abanico de colores, por entender que algunos son más oscuros pero se suman para enseñarnos, aunque patalee y no quiera, ella termina acomodando esos colores en su paleta y pinta nuestros días según cómo la haga sentir yo y quienes están a mi alrededor. 

A veces mira a través de mis ojos y veo vidrios salpicados en lluvia pero me manda una sonrisa justo a tiempo para responder un: “estoy bien” y seguir. Cuando llegamos al trabajo, se olvida de todo y me va dictando las palabras justas para relatar las historias de quienes no tienen voz y que necesitan de nosotras. Yo la aliento con nuevos proyectos que aún espera, “llegarán”, le respondo. Teneme paciencia y me dice: “No te apresures, todavía estoy armando con mis bloquecitos, dentro de poco, vas a estar lista para que volvamos con todo”.


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