El Arte De Dibujarte

No te olvidé

A mi incondicional compañero de la infancia

Por: Noel Rodriguez

La verdad que no me acuerdo de tu cara. De hecho, hace mucho tiempo que no pienso en vos. Pero hoy sí. Hoy vi a un niño, de 5 años, y estaba hablando solo. Debes estar sonriendo ahora mismo por los viejos recuerdos pero fue así. Te cuento: fui a la casa de una vieja amiga, una que no veo muy seguido pero que sé que siempre está ahí. Llegué a eso de las 5 de la tarde, a tiempo para el mate. Cuando entré me estiró los brazos su hijo, el Simón. La verdad es que es un nene muy cariñoso. En fin, mientras Luz ponía el agua a calentar, Simón salió al patio a seguir jugando, ya se había sacado la curiosidad de quién había llegado así que podía seguir con su vida.

La Luz y yo nos pusimos a charlar. Le conté que había seguido su consejo y después de algunos meses de salir y evitar la situación, finalmente, me puse de novia a fines de enero. Creo que no tendría que haber dicho la fecha porque ella cumple los años muy cerca del 27 de enero por lo que me reprochó no haber ido acompañada a su festejo. En fin, cuestión que mientras conversábamos muy animadas, de repente, en un silencio, lo escuchamos: Simón estaba hablando solo.

No sólo hablaba solo sino que hacía preguntas, se quedaba callado como escuchando las respuestas y después se reía y hacía algo, como haciendo caso, ¿me entendés? Te estás riendo de nuevo, ¿no? Y sí, porque esa situación estuvo lejos de dar miedo como quieren meter las películas de terror que utilizan estas herramientas para transformar algo tan natural en algo macabro. Pero bueno. Estaba atónita, sumergida en todos los recuerdos que me trajo esa escena cuando la Luz me sacó de mi ensimismamiento, me dijo: “Últimamente siempre hace eso, ¿vos crees que tenga problemas para socializar? Ni con sus amigos del jardín se ríe tanto”.

“No, Lula. No te tenés que preocupar”, le dije y me paré para salir al patio. Me iba acercando al Simón y sentí que no sólo él me miraba. Mientras, la Luz se paraba en la puerta en silencio con la curiosidad de ver qué pasaba ahí. Me senté en el pasto, agarré un juguete y le pregunté: ¿a qué juegan? ¿me puedo sumar?

El Simón me abrió los ojos sin entender nada: “¿Lo ves?, me preguntó. Entonces me acordé de todas esas veces que vos y yo nos sentamos en el patio de la casa de ese barrio de Las Heras. Cómo nos divertíamos. Siempre me hacías reír y me cuidabas. Aunque yo insistía, no querías nunca que lavara los platos sin supervisión de papá o mamá, me agarrabas la mano cuando estaba a punto de caerme por andar correteando todo el día o me ayudabas a elegir el nombre de las muñecas. Me acuerdo también cómo me decías que pronto íbamos a estar mejor cuando la mamá decía que esa noche íbamos a tomar sopa por cuarta vez en la semana porque al papá y a ella no les estaba alcanzando la plata (y qué ricas eran esas sopas, ¿te acordás?). Me decías que si hacía reír a mis hermanas con alguna payasada, mis papás se iban a poner felices y que algún día mis papás iban a poder dormir en una pieza y no en la cocina, que nosotras íbamos a tener camas de verdad y no tablas sostenidas por ladrillos. ¿Te acordás cómo chillé el día que entré chivateando a la pieza y me arranqué una uña del pie con la punta de un ladrillo? Qué inquieta que era. Pero gracias a vos me reí, siempre me reí y entendí que había que reírse para sacar fuerza y tener fe. Después, crecí y te dejé solo con los juguetes y no te hablé más. Qué tonta, nunca volví a buscarte para jugar ni para charlar y empecé a lavar los platos sola y a hablar con alguno que se interesa por lo que me pasa con un título colgado en la pared. Qué tonta, qué tonta, me caí muchas veces y nadie me agarró la mano. Pero algo aprendí: a reírme. Y te cuento que sigo siendo una payasa, sí, 22 años después y la verdad que te agradezco por eso.

Cuando todos esos recuerdos pasaron en un parpadeo, miré al Simón que seguía esperando mi respuesta. Le sonreí y le dije: ¿Cómo se llama el tuyo? El mío se llamaba Joaquín. Se río, me pasó un juguete y la llamamos a la Luz para jugar los cuatro en el patio de un barrio de Las Heras.


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